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¿Realmente existe la literatura infantil y juvenil (LIJ)?

por Carlos Zuriguel Pérez

Antes de comenzar este post quisiera subrayar que, aunque pueda parecerlo, no es mi intención intentar provocar ni crear polémica. Mi único objetivo es la reflexión. De hecho, existen corrientes teóricas académicas muy serias que niegan la existencia de la literatura para niños y jóvenes como tal, defendiendo que en realidad literatura solo hay una y que, con este tipo de denominaciones, lo único que se consigue es excluir a niños y adolescentes de otro tipo de lecturas.

Cada uno es libre de estar de acuerdo o no con ese tipo de teorías exclusionistas (a título personal creo que tienen parte de razón), pero es evidente que la definición de literatura infantil, y mucho más aún de literatura infantil y juvenil, es mucho más compleja de lo que parece.

En principio, podría considerarse la literatura dirigida a niños y/o jóvenes. Pero entonces, La isla del tesoro, considerado unánimemente todo un clásico de la literatura infantil, debería de ser desposeída de esta denominación, puesto que en su origen se escribió pensando en lectores adultos. Y lo mismo podría decirse de Platero y yo o Los viajes de Gulliver. Son grandes obras literarias, de gran estilo e importante complejidad argumental, pero que se consideran actas o recomendables para niños.

Pero vamos a dejar a un lado la cuestión de a quién va dirigida este tipo de literatura y nos vamos a centrar en las características con las que siempre se la ha asociado: simpleza argumental, protagonizada mayoritariamente por niños y jóvenes, abundancia de elementos fantásticos y simples, mensajes y valores positivos y un estilo y lenguaje mucho más llano que el de la literatura “de adultos”.

Aquí nos encontramos con que muchas obras solo cumplen algunas de estas premisas. Ahí va un ejemplo: pese a estar protagonizada por una niña y tener muchos elementos mágicos, ¿alguien que se haya leído Coraline puede de verdad afirmar que tiene un argumento sencillo y un estilo simple? Yo creo que no. Es más, la simbología y el subtexto de esta narración está bastante por encima de muchas de las obras para adultos actuales.

Mi opinión personal al respecto es que una cosa son los libros de preescolar, para niños y niñas que aún no han empezado a leer o están dando los primeros pasos. En este caso, sí se cumplirían todos (o casi) los tópicos de la literatura infantil: sencillez de lenguaje, argumentos básicos, etc., a los que habría que añadir también la utilización de ilustraciones y los recursos gráficos a un nivel de importancia y realce probablemente por encima del propio texto.

Pero cuando los lectores a los que se pretenden llegar superan los siete, ocho o nueve años, la verdad es que el asunto cambia sustancialmente. Unos temas edulcorados o forzadamente infantilizados (que algunos autores, editoriales y determinadas colecciones se toman prácticamente como una imposición) pueden provocar, y de hecho en algunos casos lo hacen, un rechazo a la lectura en adolescentes o preadolescentes.

En este sentido, la moda de englobar las obras infantiles y juveniles en un mismo acrónimo, LIJ, a mí no me parece para nada acertado, ya que considero que la diferenciación entre obras indicada para niños y jóvenes es más que obvio y, por lo tanto, deberían de nombrarse de manera separada e independiente.

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