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Posesión infernal (Evil Dead): la película que aterrorizó a toda una generación vuelve para atemorizar a sus hijos

por Carlos Zuriguel Pérez

En 1981, el por aquel entonces jovencísimo y totalmente desconocido director estadounidense Sam Raimi, fue capaz de atemorizar a medio mundo con una película de bajísimo presupuesto, rodada durante unos cuantos fines de semana en un destartalada cabaña como solitaria localización y con un reparto configurado por un grupito de jovencísimos actores amateurs.

El filme llevaba por título Evil Dead, siendo traducido en España por Posesión infernal. La trama, muy al gusto y usanza de la más clásica serie B,  no podía ser más sencilla. Un grupo de jóvenes decide pasar unos días en una cabaña abandonada en el bosque. Todo transcurre con normalidad, hasta que a dos de ellos se les ocurre la desafortunada idea de abrir un tétrico libro, «el Necrominon», el cual tienen un curioso proceso de edición: está encuadernado en piel humana y escrito con sangre.

Además del libro, en la cabaña hay una grabadora con una cinta (a los jóvenes esto os parecerá una reliquia del pasado, pero os aseguro que  estos aparatos eran tecnología punta allá por principios de los 80) grabada tiempo atrás por un arqueólogo, el cual recita ciertos pasajes del libro.

El hecho es que la combinación entre la apertura del libro y la reproducción de una cinta desencadena el despertar de unos espíritus malvados y sanguinarios. A partir de este instante, la película se desarrolla por unos derroteros a cual más morboso y terrorífico: violación de una de las chicas por un bosque con muy malas intenciones, decapitaciones, posesiones, desmembramientos con una motosierra y, sobre todo, sangre mucha sangre.

El principal hilo argumental del filme es la posesión por parte de los espíritus que, de forma progresiva, van sufriendo los infortunados excursionistas. Uno a uno, empezando por las bellas y cándidas señoritas y siguiendo por los varones. Lo más espeluznante de Posesión infernal es, precisamente, esta conversión de chicos apuestos y normales en horribles monstruos de ojos brillantes y repulsivos, piel putrefacta y tendencia a vomitar bilis. Como remate, estos monstruos muestran una verborrea infernal, emitiendo sin cesar todo tipo de amenazas e insultos, con una voz de ultratumba que haría salir corriendo al más machote.

Prohibida en muchos países, como Singapur, Irlanda, Islandia o Alemania, por su gran contenido violento, el factor que verdaderamente atemoriza al espectador de esta película es que apela al temor que todos llevamos dentro: el miedo a la muerte.

Es el miedo a ser poseído y asesinado por esos espíritus lo que genera el resto de temores en los jóvenes protagonistas: la angustia por ver como sus amigos y parejas están siendo aniquilados, la sensación de aislamiento por no poder salir de la cabaña (el bosque está encantado y se ha venido abajo el único puente que los comunicaba con el mundo exterior), etc.

Como muchos filmes de terror, Posesión infernal puede interpretarse también en clave de ideología conservadora. La horrible pesadilla que viven estos muchachos es, en cierta forma, un castigo por haberse saltado las normas establecidas, abriendo un libro y escuchado una cinta prohibida que jamás deberían haber tocado.  Y yendo un poco más allá, quizás tampoco deberían haberse metido en una cabaña abandonada a, aunque no se muestre explícitamente, tener relaciones sexuales en un contexto no marital.

Tras dos continuaciones de no demasiado éxito, por fin se ha estrenado, más de tres décadas después,  el esperado remake de este filme de terror de culto y la verdad es que la película, dirigida en esta ocasión por el director uruguayo Fede Álvarez,  está a la altura de las circunstancias.

Respetando la puesta en escena y el “espíritu” (nunca mejor dicho) del filme original, pero con ciertas variaciones para hacerla más acorde con los tiempos que corren y una acertada referencia a la drogadicción, el filme vuelve a poner los pelos de punta. Aunque esta vez con unos efectos digitales más en la línea y sofisticación del contemporáneo mundo digital en el que nos encontramos sumergidos todos.

En definitiva, que la Posesión Infernal del 2013 ha llegado a los cines para hacer disfrutar de miedo a los hijos de una generación que, 30 años atrás, se dejó seducir e hipnotizar por esta película, tanto como por la moda del «acid» o el pop facilón.

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