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EL JOROBADO

En toda historia de terror que se precie no puede faltar un jorobado. Pero nuestro deforme particular no es un monstruo sino una persona disfrazada. El problema es que no disponíamos de ninguno, ya que estos dejaron de estar de moda allá por la Edad Media, al quedar los lectores hatos y empachados por la cursi historia de amor entre el ñoño y feo inquilino de Notredam y la guapa gitana.

Nuestro jorobado, vamos a ser sinceros, no es un personaje muy redondo, sino más bien triste, patético y torpón. Tiene, además, la mala costumbre de que siempre se le cae la joroba en el momento cumbre de la historia, lo que los entendidos llaman clímax.

Sin demasiadas aspiraciones, este hombre de joroba postiza aspira a poco más que ganarse la vida, uniéndose a los monstruos en sus disparatadas misiones.

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