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MONSTERS BLOG

No lo llames puente… llámalo lamento

por Carlos Zuriguel Pérez

La historia que os voy a contar tuvo lugar tres largos años atrás, pero en mi recuerdo está tan viva como si hubiese acontecido hace solo unas horas…. o mejor dicho unos cuantos minutos… o hasta unos pocos segundos. Es más, esos hechos me han influido tanto, tienen un peso tan grande en mi vida que, en realidad, es como si todavía estuviesen ocurriendo, que no fueran pasado sino puro y duro presente.

La reunión con uno de los clientes más importantes de la empresa de informática donde trabajaba no había podido ir mejor. Había firmado un importantísimo contrato, que iba a hacer ganar una cantidad de más de seis cifras a la compañía. Y por supuesto, eso era bueno para mí. Cuando al día siguiente se lo comunicara a mis superiores, mi preciado ascenso, con todas las mejoras que suponía, estaba asegurado.

Las arduas negociaciones se habían alargado hasta bien entrada la madrugada y, por la costumbre de muchas personas adineradas de vivir en urbanizaciones apartadas, lejos de la ciudad, ahora me veía obligado a conducir una buen pico de kilómetros por una destartalada carretera comarcal, de noche y lloviznando.

La verdad es que en aquellos momentos todas esas incomodidades no me afectaban en absoluto. Estaba eufórico solo de pensar en el sueldazo que me esperaba a partir de ahora, acorde a mi nuevo y flamante cargo en la empresa. Despertaría a mi mujer y le daría la gran noticia. Me imaginaba que, una vez se le pasara el pequeño enfado por desvelarla a esas horas, me llenaría de besos y abrazos y, juntos, abriríamos una botella del mejor vino para celebrar que por fin podríamos mudarnos a una casa más grande de una zona mejor.

¡Qué tiempos! Pero quién iba a decir que solo un par de meses después mi maravillosa mujer me abandonaría. No tengo nada que reprocharle. Simplemente, no pudo soportar mi deplorable estado psicológico. Mis gritos en mitad de la noche muerto de miedo, mis ataques de nervios, mi depresión, que me echaran del trabajo por mi incapacidad para concentrarme después de… aquello.

Mientras conducía por la oscura y solitaria carretera, iba escuchando mi grupo favorito mientras daba golpecitos con los dedos al volante, siguiendo el ritmo de la música ¡Era la viva imagen del triunfador! Pero todo empezó a cambiar cuando de pronto…

Vi a una chica joven y delgada andando por el arcén de la carretera. Paré el coche, ¿Dios mío, por qué lo haría? Mi mujer siempre me lo reprochó, opinaba que si en vez de una chica se hubiese tratado de un hombre hubiese seguido mi camino. Pero lo cierto es que me pareció tan desvalida que me vi obligado a ayudarla.

—Hola, ¿cómo se te ocurre caminar a solas por aquí? Hace frío, llueve y es peligroso. Podrían atropellarte. Venga sube, te llevo a tu casa.

—Muchas gracias, señor. No quiero que me llevé a mi casa, solo hasta donde está mi bebé.

La chica se subió al coche. Al verla de cerca, me di cuenta que, en realidad, era casi una niña. No tendría más de 16 años. Lo que más me llamó la atención de ella fue su rostro, pero no porque fuese demasiado bella. Lo que me atraía era su tez blanca, pálida, apagada….

—¿Tu bebé? Pero.. eres muy joven. ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Sara. Y sí, soy muy joven —poniéndose muy seria, casi agresiva— ¡pero eso no significa que no quiera a mi bebé!

—Perdona, no he querido decir eso. Yo soy Juanjo.

—Sigue recto. Te indicaré donde está mi niño.

Le hice caso y seguí conduciendo. Pero la sensación de euforia había desaparecido de repente, dando paso a un desasosiego creciente. No sabía por qué, pero empecé a pensar que algo empezaba a funcionar mal en mi perfecta y triunfal vida.

—¿Tú tienes hijos? —preguntó la chica rompiendo así el incómodo silencio.

—No. Estoy casado, pero niños aún no.

—¡Y por qué no! ¡Acaso no te gustan los bebés!—dijo Sara en un tono para nada de pregunta, sino de reproche.

—No sé. Creo que aún no ha llegado el momento. Mi mujer y yo estamos muy centrados en el trabajo.

—Un niño es lo más maravilloso, un regalo del Señor. Una bendición de Dios —añadió la chica, esta vez en un tono dulce.

El silencio volvió a adueñarse de la situación durante un rato, intensificado por el hecho de que la radio había dejado de sintonizarse. Intenté poner una canción en el MP3 pero, sin razón aparente, tampoco funcionaba. «Menos mal que pronto podré comprarme un coche nuevo, con un equipo musical de última generación» pensé a modo de válvula de escape de aquella enrarecida situación.

—¡Para! Es aquí. —dijo la muchacha con total convencimiento.

Pero estábamos a la entrada de un puente, un túnel viejo y estrecho. De esos que nunca te gusta encontrarte en la carretera porque son angostos y de aspecto siniestro y peligroso. Y menos de madrugada y lloviendo.

—Pero si aquí solo hay un puente. ¿No querías encontrarte con tu bebé?

—¡He dicho que es aquí! — dijo la chica mientras me agarraba muy fuerte del brazo, arañándome con sus uñas hasta producirme sangre.

—¡Estás loca! No comprendes que aquí no puede estar tu hijo.

Muy alterado, me negué a detener el vehículo, introduciéndome en aquel túnel. Sin sospechar que la diferencia entre estar dentro y fuera de él era mucho mayor que unos pocos metros de carretera. Había mucho más…

Tras circular una pequeña distancia dentro del puente, el vehículo se detuvo bruscamente. Juro por Dios que yo no hice nada, no apreté el freno ni desconecté la llave. Pero el motor, la calefacción, las luces, todo dejó de funcionar de repente. Y mis esforzados intentos por ponerlo en marcha fueron infructuosos.

De repente, se hizo el silencio. Pero no el silencio normal entre dos personas dentro de un coche que no se hablan. Era como si el Universo se hubiese puesto de acuerdo en dejar de hacer el más mínimo de ruido. Llovía, pero no se oía el agua, hacía viento mas no se escuchaba su ráfaga. Era la nada absoluta.

En aquel momento pensé que ese silencio tan total era lo más terrorífico que podía ocurrirme….. pero me equivocaba. Al poco rato, empezó a oírse un susurro tan indescriptible como estremecedor. Bajé la ventanilla del copiloto con el objeto de poder escucharlo mejor. Entonces me di cuenta de que mi acompañante, aquella extraña chica, no estaba allí. Se había bajado del coche sin que me hubiese dado cuenta.

El coche parado sin querer arrancar, un silencio absoluto solo enturbiado por un susurro, que cada vez se parecía más a un quejido, y una chica pálida que desparecía de repente. Sin duda, un cóctel misterioso que me causó bastante temor, pero no hasta el punto de llegar a paralizarme.

Tenía que descubrir que era aquel ruido y que había pasado con la muchacha. Así que me armé de valor, bajé del coche y corrí hasta la entrada del puente. Fuera, el sonido era mucho más perceptible: se trataba inequívocamente de un quejido humano, pero de alguien de muy corta edad.

Entonces tuve unas ganas terribles de huir, de salir corriendo de allí… ¡ojalá lo hubiese hecho! Pero mis fundamentos morales me lo impidieron, esos sonidos provenían de un ser humano y tenía que intentar ayudarle.

El lamento tenía su origen en la orilla del putrefacto y contaminado río que discurría bajo el puente. Bajé como una exhalación por uno de los laterales y, a cada paso que daba, podía escuchar esos lamentos hasta poder identificarlos con claridad: era el llanto desesperado de un bebé.

Miré a mi alrededor, removí matorrales, me hundí hasta las rodillas en aquellas aguas nauseabundas pero no encontré ni rastro de la criatura. De pronto, noté que alguien me observaba. Era un sensación parecida a un escalofrío que me recorrió toda la espalda. No cabía duda: estaba siendo observado desde el puente.

Estuve a punto de huir pero no lo hice. Una fuerza sobrenatural me lo impedía. Giré la cabeza muy despacio y allí estaba Sara. La extraña chica pálida que hace tan solo unos minutos había recogido de la carretera estaba colgada de la barandilla del puente, con una cuerda atada a su cuello: se había ahorcado.

Yo no quería hacerlo, pero mis pies me condujeron hasta ella para descubrir un rostro que empezaba a descomponerse. Era inaudito sí, pero la chica llevaba sin vida desde hacía mucho tiempo.

Pero lo más aterrador, el suceso que cambió mi vida hasta convertirla en un poso de desesperación estaba por llegar. Sara extendió un brazo y con el dedo índice señaló hacia el río. No podía ser cierto, pero lo era.

Seguí con la mirada lo que ese dedo en descomposición me indicaba y…¡aún no puedo creerme lo que vi!…¡Dios Santo, por qué el destino me obligó a presenciar algo así! En el agua podía verse a un recién nacido flotando boca abajo y emitiendo ese quejido, ese lamento infernal.

Con el llano del bebé retumbando en mi cerebro con fuerza asombrosa me volví a introducir en el puente para coger de nuevo mi coche. Por desgracia no hubo manera de ponerlo en marcha, pero como la longitud del túnel era corta se me ocurrió empujarlo hacia la salida.

Una vez fuera, todo volvió a funcionar: el motor empezó a rugir y las luces se encendieron. Rápido como un rayo, volvía a ponerme al volante y, con una velocidad totalmente inapropiada para aquella nefasta carretera, me alejé de ahí con la máxima potencia que me permitió el motor.

¿Pero de qué me sirvió huir? Puedes escapar de un lugar, pero no de su recuerdo. Yo he sido testigo de la desesperación en estado puro en el rostro de Sara, muerta y viva el mismo tiempo, colgada de un puente. He visto la maldad y el sufrimiento humanos encarnado en ese niño asesinado en el río, quejándose por los siglos de los siglos.

El recuerdo me persigue día a día. Está conmigo en todo momento. Me ha arrebatado un buen trabajo, una estupenda mujer. Me ha quitado la cordura… ¿por qué tuve que salir con vida de aquel maldito puente?

Esta recreación se basa en una de las leyendas urbanas más populares de los EEUU. Existen distintas versiones, pero los ingredientes siempre son los mismos: una joven en la carretera, un conductor, un puente sobre un río, los quejidos de un niño, el vehículo que se avería dentro del túnel y, al final, la escena de la madre ahorcada y el niño ahogado en el agua.

La base de la historia es una madre excesivamente joven que, tras ocultar su embarazo, toma la decisión de arrojar a su bebé al río. Pero los remordimientos pueden con ella y acaba ahorcando en el puente de los lamentos. Yo me he decantado por la versión más “amigable”, pero existen variantes de la leyenda donde el espíritu de la muchacha atormenta al conductor hasta obligarle a suicidarse, como hizo ella. ¿Veis como soy bueno y no me gusta asustaros demasiado, je, je, je?

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