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Leyendas del Nuevo Mundo: El Puente del Común

por José Luis Moya Aguilar

Recuerdo que de pequeño, cuando íbamos a la casa de mi tía en un pueblo cerca de la ciudad de Bogotá, Colombia, en ocasiones pasábamos por una carretera que pasaba cerca de un hermoso puente de piedra. Siempre lo observaba desde mi inocente posición, hasta que un día gracias a una excursión del colegio que pasaba por ese lugar me atreví a preguntar a un profesor sobre aquel puente, y el me contó una de las historias mas impresionantes que escuche de niño, la leyenda del Puente del Común.

Una gran parte del territorio de Colombia es rural o selvático, una gran ventaja a la hora de hablar del desarrollo cultural del país. La riqueza cultural aumenta aun mas gracias a la gran cantidad de tribus indígenas que se mantienen en pleno siglo XXI como si el tiempo se hubiese detenido en sus territorios. El mestizaje de la región no solo se dio genéticamente, también hubo mestizaje de tradiciones y sobre todo de leyendas.

Una de esas influencias europeas que enriquecieron las leyendas en el nuevo mundo fue la leyenda alemana de Fausto, que guarda un enorme parecido con la historia que me intrigó de niño.

Pero situémonos en la leyenda. Hace muchos años, un maestro de obra llamado Florentino obtuvo el trabajo de su vida, un contrato para realizar un puente que comunicaría la capital Bogotá y el pueblo de Zipaquirá. El puente, que se llamaría Puente del Común, tenia problemas, pues Florentino no tenía los medios económicos para llevar la obra a cabo.

Al no obtener ni tan siquiera un préstamo, decidió recurrir al demonio, vendiéndole su alma a cambio de la construcción del puente. El diablo aceptó, solo que el pacto tenía una condición: si el diablo no acababa el puente antes de que cantase el gallo, perdería cualquier derecho de propiedad sobre el alma de Florentino.

Dado que la obra tenia que hacerse en una noche, el diablo saco a todos sus demonios del infierno, dejando solo a uno vigilando la entrada del infierno para que no se escapase ningún alma. El diablo organizó de forma magistral a sus demonios. Primero los puso en fila para que se pasasen las piedras uno a uno y así no perdiesen tiempo de desplazamiento y cuando estuvieron apiladas en un lugar, dio la orden de comenzar a construir el puente.

Con el diablo dirigiendo la construcción del puente, la noche fue avanzando. Cuando faltaba poco para que el gallo cantase, Florentino, que había escondido un sacerdote entre los matorrales, pidió ser absuelto. Cuando faltaba muy poco para el final de la construcción, el diablo comenzó a celebrar su nueva posesión, y dando saltos de felicidad canto la siguiente copla:

De la uva de la parra. De la canaleta el río.
Que les vengo yo a avisar, que ya Florentino es mío.

La alegría del demonio fue en vano, pues el gallo cantó antes de que se pusiera la última piedra, momento que aprovecho el sacerdote para bendecir el puente, causando que el diablo y sus demonios cayeran al río. La ira que le causo a Satanás haber perdido el alma de Florentino le llevó a intentar destruir el puente de un zarpazo, pero no lo consiguió gracias a la bendición del sacerdote, lo único que quedo fue la marca de la garra de Satanás, considerada la venganza por lo que había pasado.

La historia posterior del puente me es desconocida, no se cuanto tiempo estuvo activo, y en que momento fue apartado de las rutas habituales, aunque creo que no fue mucho tiempo después de su construcción pues se mantiene en un muy buen estado. No he tenido la fortuna de estar muy cerca de él, la misma leyenda ha hecho que la sociedad se aleje, ha hecho que yo lo viera siempre desde una distancia prudente, una distancia que no ha hecho mas que alimentar la leyenda y cubrir con un manto de misterio y terror dicho monumento.

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