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La ventana anhelada

por Jose Luis Moya Aguilar

Siempre he creído que si un relato o película, que esta calificada como de terror o thriller, cuenta con la presencia de niños, pueden suceder dos cosas: la primera, dará mucho miedo, tanto que muchos se plantearían la reproducción, la segunda, pasará algo tan impactante que te carcomerá el alma.

Y es que cuando un niño entra en un relato puede pasar cualquier cosa, desde lo mejor, hasta lo peor. Algo de lo que era consiente el escritor Germán Sánchez Espeso, que escribió el impresionante cuento La Ventana, que tiene lugar en la inofensiva habitación de un hospital.

Pongámonos en contexto. La historia tiene como protagonistas a dos pequeñas niñas, Marta y Juanita, que comparten habitación en un hospital. Marta, con problemas de corazón cansado, depende de un pequeño frasco de pastillas que debe ingerir cada vez que siente que su corazón falla, ha visto pasar por la cama extra de la habitación una compañera que no pudo aguantar y abandono este mundo; Juanita en cambio padece parálisis en las piernas y un fuerte dolor de huesos, una chica que acaba de llegar a esta habitación padeciendo una enfermedad que va en contra de su vitalidad infantil, una enfermedad que había hecho que le diese igual el morirse.

Rápidamente las dos niñas se hacen amigas, y todo gracias a que a la pequeña Marta, que se encarga de narrarle lo que pasa al otro lado de la ventana a Juanita, la única ventana de la habitación y a la que Marta, por ser la más antigua, tiene “derecho” a observar.

Las historias de Marta hacen que la derrotada Juanita recupere la luz de sus ojos, le dan ganas de vivir. Cada mañana se levanta y le pregunta a Marta que pasa en aquel parque que había descrito, si los payasos con globos habían hecho alguna travesura, si el malabarista había hecho algo aun más peligroso, si los niños seguían jugando con sus mascotas. El mundo que describía Marta por ver a través de aquella ventana era tan bonito que Juanita volvió a sonreír.

Pero no todo es belleza, pues hasta en los niños se despierta la envidia, y su inocencia muchas veces les hace cometer acciones impactantes, acciones de las que no son del todo consientes por su inocencia.

Como ya habíamos mencionado, la pequeña Marta dependía de un frasquito de píldoras que tenía que tomar cada vez que su corazón fallaba, algo que pasaba muy a menudo, que era extremadamente aterrador, y que la joven Juanita había presenciado con temor en sus ojos. Esto podría pasarle a Marta a cualquier momento del día, o la noche.

Y fue en la noche, cuando los demonios se levantan para hacer de las suyas. Fue en la noche cuando la muerte decidió estrujar el pequeño y débil corazón de Marta una vez más para intentar llevársela. Pero Marta era astuta, e inmediatamente sintió aquel horrible dolor se despertó, y en medio de la oscuridad comenzó a buscar en su mesita de noche sus píldoras, aguantando el dolor y firme. Algo que duro poco, pues la desesperación hizo acto de presencia cuando la pobre Marta no encontraba sus píldoras de la vida. El dolor se hacía cada vez más y más fuerte, las fuerzas se iban poco a poco, su vida se fue apagando lentamente, sin poder gritar para pedir ayuda. Es cruel ver como alguien que tenía tantas ganas de vivir, por un capricho del destino, no fuese capaz de pedir ayuda.

Marta murió en medio de la oscuridad, en su rostro quedó una expresión de terror y miedo por algo que la pequeña no deseaba, algo que ella no había pedido. Lo impactante comienza ahora, pues cuando Marta ya había muerto, Juanita se giró y sacó de debajo de su almohada el pequeño recipiente con las píldoras de Juanita y lo puso de nuevo sobre la mesita de noche de esta. Como si no hubiera pasado nada, se giro y siguió durmiendo.

Al día siguiente, los médicos certificaron la muerte de Juanita, la habitación estaba triste, las enfermeras no sabían cómo hablar con la niña que había hecho una amistad con la difunta. Cuando la cama había sido limpiada, Juanita pregunto con entusiasmo cuando la pasarían a la cama de la difunta Marta al lado de la ventana, a lo que las enfermeras le prometieron que esa misma tarde. La emoción de la pequeña asesina era desbordante, quería ver el parque, los niños, los perros, el señor de los globos, el malabarista, puede que ahora llegase una feria y pudiese ver un carrusel. Cuál fue su sorpresa, cuando al ser trasladada a la cama de Marta y observar por la ventana, solo se encontró con un triste muro sin color alguno.

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