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MONSTERS BLOG

La promesa

por Carlos Zuriguel Pérez

Desde que tengo uso de razón, siempre he estado obsesionado por ayudar a las demás personas, bueno en realidad no a todas, pero sí a las que se encuentran en inferioridad de condiciones, a las víctimas, a los desvalidos..

Esta actitud, que durante la mayor parte de mi vida me ha resultado totalmente incontrolable, me ha acarreado no pocos problemas. En el colegio, me convertí en el defensor de los niños objetos de burlas, a los que casi toda la clase vejaba y humillaba a diario, es decir, las víctimas de los que ahora se conoce como mobbing. Y esto, además de las palizas físicas de los chicos que actuaban como matones, me provocó efectos psicológicos mucho más difíciles de sanar que los puñetazos y las patadas. Me refiero al rechazo de muchos compañeros e, incluso, de algunos profesores que, injustamente, me acusaban de conflictivo y alborotador.

El tiempo fue pasando, pero mi actitud ante la vida permaneció imperturbable. Incapaz de soportar las injusticias, cuando llegó el momento de buscar un empleo no me quedó otra alternativa que convertirme en un defensor de la ley y el orden y me hice policía. Durante más de 20 años, pertenecí al cuerpo de la policía nacional y tengo que reconocer que, salvo por algunos conflictos con compañeros corruptos que me consideraban excesivamente honrado, las cosas me fueron razonablemente bien.

Mi defensa encarnizada de las víctimas inocentes, en especial de los más débiles como niños pequeños y mujeres maltratadas, me condujeron a llenar de heroicidades mi hoja de servicio, recibiendo por ello no pocas condecoraciones y algún que otro ascenso. Entre mis actos, destaca haber resueltos varios casos de secuestros de menores, desmantelar redes de proxenetas o detener a decenas de maltratadores.

Pero un fatídico día, mi obsesión y celo por el deber me hizo estar en el lugar equivocado en el momento inoportuno, tomando una pésima decisión para mis intereses. Un tipo maltrataba a una mujer en plena calle, yo no estaba de servicio pero fui testigo de todo. Tratando de detener a la víctima, forcejeé con él verdugo hasta que, de manera fortuita, mi arma reglamentaria se disparó. El hombre quedó malherido y ya nunca volvió a andar. Mi perdición fue que se trataba de un influyente político, el cual puso en marcha todos sus resortes e influencias para arruinarme la vida. Me denunció y me echaron del cuerpo. Menos mal que un buen abogado y algunos amigos en el departamento de interior evitaron que acabara en la cárcel.

Por fortuna, gracias a esos amigos influyentes y mis buenos conocimientos de idiomas, acababa de conseguir un excelente empleo como jefe de la seguridad privada del parlamento europeo. Y precisamente en esos momentos regresaba a casa después de firmar el contrato en Estrasburgo.

En quince días debía regresar a Francia, donde me esperaba un trabajo tranquilo y muy bien remunerado. Sin duda, la vida me estaba dando una segunda oportunidad. Había aprendido la lección y me prometí a mí mismo mantenerme al margen de cualquier problema ajeno a mi persona, por grave o injusto que fuese. A partir de ahora, solo me preocuparía de mí mismo. Mi etapa de defensor de las víctimas inocentes y las causas perdidas había quedado atrás. Ya no era un policía, sino un ciudadano más, tan cobarde e insolidario como la inmensa mayoría. Esa era mi promesa e iba cumplirla a rajatabla, sin excepciones.

Ya a bordo del avión, no hacía otra cosa que repetir en mi mente dicha promesa y la importancia de seguirla. Y tan ensimismado estaba en esos pensamientos, que ni siquiera reparé en que justo en el asiento de al lado viajaba una bellísima joven, de no más de 25 años, con un bebé en sus brazos.

Solo me di cuenta de su presencia cuando una servicial azafata, que estaba repartiendo las bandejas de comida, se dirigió a la mujer.

—Pobre criatura. Está dormidito. Debe de estar muy cansado. Señora, ¿necesita usted algo para que su bebé descanse mejor? Una mantita, que le calentemos el biberón.

—No, no quiero nada —respondió la joven madre con malos modos y frunciendo el ceño.

Una media hora después, comenzó el turno de recoger las bandejas. Y cuando la azafata llegó nuestra altura, volvió a preocuparse por el bebé.

—Espero que la comida haya sido de su agrado. Si desea cambiar el pañal a su bebé, en la mesa posterior tenemos una mesita habilitado a tal efecto.

—Ya te he dicho antes que no necesito ninguna ayuda. ¿Es que no lo entiendes? —respondió la madre de manera muy impertinente.

Prosiguió el viaje y mi instinto de policía, mejor dicho de expolicía, me hizo ver cosas bastante extrañas en el comportamiento de esa joven madre y su bebé. Además de su falta de educación con la amable azafata, me llamó la atención que la criatura, aunque movía tímidamente sus piernas, estaba demasiado tranquilo e inactivo. La mayoría de niños se muestran muy inquietos en los aviones, lloran y les duelen los oídos.

Además, la tranquilidad del niño contrastaba con el estado de la madre: nerviosa y sudorosa, no dejaba de mirar de un lado a otro con desconfianza. Otra cosa que me llamó la atención fue que en todo momento tapaba con una manta a su bebé, pero de una forma compulsiva y no por instinto de protección maternal.

Sí, tuve muchas sospechas pero una promesa es una promesa. Y la mía era firme y muy clara: preocuparme de mí mismo y no inmiscuirse en los problemas ajenos, ni tratar de salir en defensa de los inocentes en peligro. Después de lo que me había ocurrido en el pasado, consideraba que esa actitud era vital para mi bienestar personal.

Decidí que lo más aconsejable era olvidarme de todo, relajarme y tratar de dormir un poco, por lo que eché para atrás todo lo daba de sí el respaldo de mi asiento y cerré los ojos. Al poco rato, los brazos de Morfeo vinieron a mi encuentro. Pero por desgracia, mi tendencia natural a estar siempre atento a todo, tratando de adelantarme a posibles peligros o circunstancias anómalas, impidió que el sueño fuese profundo y al poco rato me desperté. Miré a mi alrededor y comprobé que la joven madre se había quedado dormida con el niño en brazos, la mantita que cubría a la criatura se había desplazado un poco, dejando la pequeña cabeza al descubierto

Entonces me percaté de que el niño no tenía buen aspecto, su piel estaba excesivamente pálida y su cara hinchada. Además, desprendía un ligero mal olor. «La pobre criatura se habrá hecho sus necesidades encima, pero bueno está dormido. No pasa nada». Eso fue lo que pensé o quizás de lo que me quise convencer. Y en todo caso no se trataba de un asunto mío.

Traté de volver a dormirme pero no lo conseguí. Principalmente, porque al poco tiempo la azafata volvió a acercarse y tuvo la siguiente discusión con la madre:

—Señora, disculpe. Perdone que la moleste pero creo que su bebé se ha hecho caquita encima. ¿Quiere que la habilite la mesita para cambiarle el pañal?

—¡Déjame en paz! Ya te he dicho mil veces que no necesito su ayuda.

—Perdone que insista. Pero su hijito huele un poco mal y algunos pasajeros se han quejado. Debería cambiarlo.

—Está bien. Lo haré en el baño. ¡Y pienso poner una reclamación, me siento insultada! —dijo la madre visiblemente malhumorada y presa de los nervios.

Cuando la mujer se marchó, la azafata se dirigió a mí, en parte para disculparse por las molestias, pero también para encontrar respuestas a su extraña actitud.

—Disculpe las molestias señor, pero es que me parece un poco raro todo esto. Llevo más de 15 años de azafata y nunca he visto a un bebé tan tranquilo. No llora, ni pide alimentos. Y su madre está excesivamente nerviosa. ¿Usted no ha notado nada raro?

Siguiendo mi promesa de no inmiscuirme en problemas ajenos, mentí a la azafata diciéndole que todo me parecía en orden y que incluso había visto moverse al bebé con normalidad, lo cual no era cierto pues, aunque efectivamente había movido las piernas, lo había hecho muy débilmente. Era evidente que algo no marchaba bien, pero me lo callé.

De pronto, unos pasajeros alertaron de que estaba saliendo agua del lavabo. Tanto la azafata que estaba hablando conmigo como otros dos miembros de la tripulación se movilizaron para saber averiguar qué pasaba. Intentaron abrir la puerta del lavabo, pero fue en vano porque estaba cerrada por dentro.

—Señora, ¿qué ocurre? Abra la puerta, por favor.

—Déjenme en paz. ¡Fuera de aquí! —gritó la mujer histéricamente y entre sollozos.

La mayoría de pasajeros se levantaron de sus asientos e incluso algunos se acercaron a lugar de los hechos, unos por mera curiosidad y otros por si podían ser de ayuda en aquella tensa y extraña situación. Pero yo me quedé en mi asiento, sentado y, para aislarme más del contexto, me puse a leer un folleto publicitario.

Acto seguido, una de las azafatas trajo la llave que permitía abrir desde el exterior y entró en el lavabo. Lo que vio fue tan espeluznante que su mente no fue capaz de asimilarlo y se desmayó, cayendo desplomada al suelo.

Tuvieron que ser el resto de miembros de la tripulación, incluido el copiloto de la nave, los que entraran en el lavabo y entre gritos de sorpresa, horror e indignación sacaran a la joven madre a la fuerza y, finalmente, la redujeron. La mujer, totalmente histérica y con el pecho manchado de sangre, gritaba frases inconexas e imposibles de entender en su totalidad, pero en cualquier caso apelaba a su inocencia. Una de las azafatas, sin duda la más decidida y fuerte mentalmente, salió del lavabo con un pequeño bulto cubierto con una manta en sus brazos: se trataba del cadáver del bebé.

Media hora más tarde, la azafata que desde el principio se había preocupado por el estado del pequeño, completamente lívida y en estado de shock, se sentó a mi lado. Necesitaba hablar con alguien y la verdad es que no se lo reprocho. Entre titubeos y con la voz entrecortada, fue capaz de contarme lo que había visto. La madre había asesinado al bebé golpeándole la cabeza, que había quedado totalmente reformada, y tirándolo por el retrete. Sus compañeros lo habían recogido atrancado en el desagüe, pero por desgracia sin vida.

Pero lo más espeluznante fue la confesión de la madre, mejor dicho supuesta madre. La mujer pertenecía a una banda de narcotraficantes. El bebé había sido raptado en un país sudamericano, le habían practicado una incisión en su pequeño abdomen y luego le habían introducido una cantidad de droga en pequeñas bolsas. Posteriormente, le habían cosido con hilo quirúrgico. El hecho es que la mujer, al verse descubierta, intentó a la desesperada deshacerse del niño y la droga tirándolo por el retrete.

En mis años de policía había vivido en primera persona las más variadas atrocidades, fui testigo de la maldad humana en múltiples formas y combinaciones, pero he de reconocer que nunca había tenido conocimiento de nada como aquello, de una acción tan cruel y brutal contra un ser humano tan indefenso e inocente.

—Me sabe muy mal contarle algo tan horrible. Pero necesitaba hablar con alguien —dijo la azafata a modo de sincera disculpa.

De pronto, me asaltó una terrible duda y, aunque probablemente en el fondo no quería saber la respuesta, algo me impulsó a formularla.

—Azafaa, una cosa. El niño ya estaba muerto cuando subió al avión, ¿verdad?

—No. Lo mantuvieron con vida para no levantar sospechas y pasar la droga más fácilmente. Solo lo tenían sedado. Lo mató la falsa madre al golpearle la cabeza en el lavabo. ¡Dios mío, pobrecillo! —Una vez dicho esto, la azafata se tapó la cara y rompió a llorar desconsoladamente.

Estaba vivo, por eso le vi mover la pierna. No habían sido imaginaciones. Durante unos instantes me sentí fatal pensando en que, de haber intervenido, quizás el bebé aún seguiría con vida. Que hubiese tenido cuando menos alguna posibilidad.

Afortunadamente, pronto recobré la calma. Recordé los problemas que me había ocasionado tratar de defender a los demás. Por mi mente se agolparon recuerdos de mis visicitudes en el colegio y con la justicia, mi expulsión del cuerpo de policía y, lo más importante, la drástica decisión que había tomado sobre permanecer impasible ante el sufrimiento ajeno. Apoyé la cabeza sobre el respaldo, bebí un trago de agua y traté de dormirme. Al fin y al cabo, una promesa es una promesa.

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