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ÍNCUBOS Y SÚCUBOS, LOS DEMONIOS DEL PLACER

por Montserrat Gonzalvo Soro

En los siglos XVI y XVII, fueron muchas las monjas que confesaron haber sido seducidas por el diablo delante del tribunal de la Santa Inquisición. Todas ellas describían el mismo proceder y tenían los mismos síntomas.
Estos eran llamados Íncubos. Representaban el demonio masculino capaz de transformarse o poseer el cuerpo de un hombre, hermoso e irresistible, o de hacerse invisible a su conveniencia, que se colaba en las mentes de las beatas, a través de sus sueños, lúbricos, eróticos, y llenos de sensualidad. Así era como lentamente las atrapaba, despertándoles un irrevocable deseo carnal y trastocándolas hasta yacer con ellas. Mas estas, al despertar, recordaban el suceso como si se tratase meramente de un sueño morboso y extraño; sin embargo, los fluidos corporales y las contusiones en cuerpo les demostraban que había sido real.
Su versión femenina, Súcubos, eran demonios en forma de mujeres preciosas, que dependiendo de la zona cultural gozaban de alas de murciélago u otros rasgos propios de los demonios como dientes afilados u orejas puntiagudas, que seducían a los hombres, también monjes o artistas, mediante su reposo. Acometiendo las mismas fechorías sexuales que sus congéneres masculinos.
Sendos seres torturaban a sus víctimas y tomaban, gracias al acto sexual, su energía vital para alimentarse.
Así pues, entre 1609 y 1611, en el convento de las Ursulinas de Aix (Francia), nos encontramos con la curiosa historia de Juan Bautista Gaufredi, sacerdote de Marsella, que supuestamente sufrió de posesión diabólica.
Lo que aconteció fue que Gaufredi se hospedó junto con otros feligreses en dicho convento. Al poco tiempo de su estancia, una de las monjas, Magdalena de Palud, dio síntomas de haber sido mancillada por el diablo. Inmediatamente fue encerrada en una celda del edificio, condenada al ayuno y a la abstinencia indefinidamente. No tardó demasiado en aparecer otro caso del mismo cariz, otra hermana, Judith, padeció de lo mismo. A ella también la encerraron, aún así, hubo un caso más, el de Isabelle. Ya no quedaban más celdas y Joanna, la madre superiora, se vio obligada a trasladarla a una sala de la parte inferior. Esta fue interrogando a las tres muchachas, las cuales coincidían en la misma versión: un galán se les aparecía en sueños con dulces requiebros y les alentaba el alma hasta hacerlas caer en sus brazos. Por ello, tuvo que desalojar a cuantos hombres se hallaran cobijados con ellas, y al comprobar que todos habían marchado, escuchó gritos y gemidos provenientes de una de las salas, se aventuró apresuradamente junto con otras beatas a ver lo que pasaba, la sorpresa fue enorme al encontrarse con una más yaciendo con el íncubo, el cual había tomado el cuerpo del sacerdote de Marsella: Juan Bautista Gaufredi.
Joanna lo acusó a la Santa Inquisición y él lo confesó en su manifestación escrita:
“Declaro que con mi consentimiento he recibido la marca del Diablo, y que esta marca, hecha con el dedo pequeño de Satanás, produce primero una ligera impresión de quemadura, y después una impresión agradable. Confieso haber echado el aliento con malos fines de lascivia a muchas mujeres, y con más frecuencia, sobre Magdalena de la Palud. Confieso también haber llevado el desorden al convento de las ursulinas, enviando allí una legión de diablos, que han debido fatigarlas día y noche.”
Tras esta declaración, en abril de 1611, fue condenado a morir en la hoguera.
De todo ello se deduce que todas estas historias se pierden entre las leyendas, las supersticiones y los hechos históricos sin tener certeza alguna de su existencia real.

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