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El túnel de las voces

por Carlos Zuriguel Pérez

Era una tarde muy fría y lluviosa, como casi todas las tardes de invierno, en aquella región fría y montañosa del norte de Europa. Así que, para matar el tiempo, un grupo de amigos reunidos en la única cafetería de aquel diminuto pueblo conversaban sobre una historia muy extraña, una conocida leyenda que, como pasa con casi todas las leyendas, casi todo el mundo asegura que no se las cree, pero en el fondo…

—¿Sabéis la última del túnel de la verdad? —preguntó Marcos, un joven alto y delgado, mientras tomaba un sorbo de una enorme jarra de cerveza.

—Siempre estáis igual. Esa historia es totalmente falsa —dijo Arnau, un chico bien parecido y de aspecto muy serio y formal, que en una semana se iba a casar con Nuria, la chica más bonita y adinerada de la región.

—Deja que se explique. ¡Suena interesante! —añadió Pedro, un chico con barbita y aspecto simpático.

Marcos se acercó a sus interlocutores y, hablando en voz baja y tono misterioso, explicó lo siguiente:

—Conocéis a Juan, el chico que juega de portero en el equipo regional. Pues resulta que ha roto con su novia de toda la vida.

—¡Qué dices! Pero si estaba muy enamorados.

—Sí, pero tuvieron la mala idea de pasar con el coche por el túnel de las voces y estas hablaron más de la cuenta. Dijeron que la chica le engañaba con el mejor amigo de Juan.

—¿Y era verdad? —preguntó Pedro.

—Claro que sí. Las voces nunca mienten.

El túnel de las voces era un puente oscuro y de aspecto siniestro que se encontraba en una antigua carretera secundaria, mal iluminada y pésimamente asfaltada, que rodeaba el pueblo. Circular por ahí era peligroso y, como hacía unos cuantos años habían construido una carretera nueva, por la secundaria apenas se veían vehículos.

El hecho es que se había hecho popular una historia que aseguraba que si se pasaba por el túnel de noche, se sentían unas voces que siempre decían la verdad. Según la leyenda, muchas parejas de novios y matrimonios habían roto porque las voces habían dicho cosas indiscretas y desvelado inconfesables secretos.

—Arnau, ¿confías en tu futura esposa? —preguntó Pedro.

—Claro, totalmente. Nuria no tiene secretos para mí. Por eso nos vamos a casar en menos de dos semanas.

—Entonces, por qué no atraviesas el túnel de las voces.

—No me hace ninguna falta. Confío ciegamente en ella. Además, yo no creo en esas cosas.

—Claro, claro. El pobre Juan también confiaba en su ex novia —añadió Marcos.

Al día siguiente, Arnau estuvo todo el día pensando en lo que le habían explicado sus amigos. Pese a su incredulidad en este tipo de historias, no se la podía quitar de la cabeza. Por eso, cuando por la noche fue a buscar a su prometida para ir a cenar, decidió pasar por la carretera secundaria.

—¿Por qué vamos por aquí? No me gusta esta carretera. Supongo que no querrás pasar por el túnel de las voces —preguntó la chica.

—Pues la verdad es que sí.

—¿Pero por qué? Acaso no confías en mí. Además, si tú no crees en esas cosas. —dijo Nuria algo enfadada.

—Ya, pero no sé… Mis amigos me han explicado una cosa de Juan y..

-Vale, pues vamos. Pero que sepas que yo no tengo ningún secreto para ti —dijo Nuria con total seguridad.

Los dos enamorados se dirigieron al túnel y, de pronto, comenzó a llover intensamente. Arnau detuvo el vehículo justo a la entrada del misterioso túnel.

—Mira, he cambiado de opinión. No es buena idea. Mejor que demos media vuelta. Está lloviendo y esta carretera es peligrosa.

—No. Ahora la que quiere pasar soy yo. Pero si me prometes que siempre confiarás en mí.

—De acuerdo. Te lo prometo —dijo el chico mientras ponía el coche nuevamente en marcha.

—El vehículo circuló, muy lentamente, por el interior del túnel. Al principio no se oía nada, pero cuando estaba aproximadamente por la mitad, se comenzaron a sentir unas voces fantasmagóricas e inquietantes:

—No habrá boda, no habrá boda… —La frase se sentía una y otra vez.

Cuando salieron del túnel, Nuria y Arnau estaban totalmente desconcertados.

—¿No habrá boda? ¿Pero por qué? ¿Cómo es posible? —preguntó la muchacha.

—No lo sé. No entiendo nada —dijo Arnau muy nervioso.

El chico no era capaz de pensar con claridad. Se imaginó muchos motivos para que no se celebrara la boda: que su novia ya no le quería, que le era infiel…

Entonces, Arnau perdió totalmente la concentración y cogió una curva a mucha velocidad. El mal estado de la carretera y la lluvia hicieron el resto: el coche se salió de la vía. El accidente fue terrible y Nuria murió al instante.

El destino quiso que Arnau sobreviviese, aunque jamás volvió a ser el mismo. El sentimiento de culpabilidad le atormentaba noche y día y se volvió medio loco. No había un instante en que no recordase el maldito túnel y sintiese dentro de su cabeza aquellas voces de ultratumba. Unas voces que, por desgracia, siempre decían la verdad: «no habrá boda», «no habrá boda»…

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