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MONSTERS BLOG

El fantasma de la niña vengativa

por Carlos Zuriguel Pérez

Dicen que cada persona es un mundo, y que algunas son por lo menos dos. Obviamente, esta frase hecha hace referencia a lo complejos, imprevisibles y muchas veces contradictorios que solemos ser los seres humanos por naturaleza. ¡Qué gran verdad! La gran mayoría de personas malgastan su tiempo con ensoñaciones, utopías, conceptos etéreos e indefinibles y muchas veces en pensamientos mágicos e irracionales. Una gran parte de sus energías físicas y mentales se desvían por un camino inútil que les conduce a una dirección distinta, e incluso contraria, a las que deberían ser sus verdaderas metas: los objetivos útiles, concretos y demostrables.

Pero yo soy una de esas excepciones que confirman las reglas. Sin ninguna razón especial, mi vida se ha regido, desde la más tierna infancia, por los mismos parámetros: los fundamentos científicos, lo racional, las pruebas y las evidencias. Continuamente, he sido tildado por familiares y allegados de ser frío, calculador, materialista e, incluso, insensible. Siempre han utilizado esos adjetivos como reproche, y algunos incluso a modo de insulto. ¡Qué ilusos son! No se dan cuenta que para mí son halagos.

En realidad mi pensamiento extremadamente racional y mi incapacidad para creer en nada que no pueda ver con mis propios ojos o, al menos, ser demostrado científicamente me ha llevado siempre por la senda del éxito. Mis inmejorables calificaciones en matemáticas, física y, en general, en todas las materias de ciencias han servido para compensar los aprobados justos en literatura, filosofía y otras memeces.

Con solo 25 años ya soy profesor titular de ciencias exactas en uno de los institutos de secundaria más prestigiosos del país. Y esto es solo el principio de mi carrera, puesto que estoy llamado para grandes logros en el terreno de la ciencia. Estoy plenamente convencido de que mi pensamiento analítico me va a llevar hasta donde alcance mi ambición. Para mí, la vida es como una ecuación matemática, sin margen para el error ni la más mínima distracción. Todo tiene un resultado único y exacto, corroborado por la ciencia y las pruebas empíricas.

Sí, por el camino quizás me haya dejado esas cosas banales que muchos jóvenes de mi edad consideran importantes: romanticismo, amoríos, soñar con un mundo mejor… La verdad es que hasta ahora las chicas no han figurado en un lugar destacado en mi lista de prioridades. Por eso y por mi pragmática forma de ser, que la mayoría de chicas consideran extremadamente superficial, me han impedido tener una relación sentimental duradera.

Pero ahora, conseguido ya el primer logro significativo en mi carrera, empiezo a sopesar la posibilidad de comenzar una relación seria con una mujer, lo que ayudará sin duda a proyectar una imagen de mí mismo seria y asentada que me hará sumar puntos en mi proyección profesional.

*
Aquella mañana mi pensamiento se apartó un poco de lo verdaderamente importante: la clase de ecuaciones de segundo grado que tenía que impartir en unos minutos, para decidir quién podría ser la mejor candidata para convertirse en mi pareja. Tras sopesar varias opciones, finalmente me decidí por Natalia, una joven profesora de inglés de aceptable inteligencia y notable aspecto físico.

Dispuesto a no perder más tiempo de lo necesario y, aprovechando que aún quedaba algo más de un cuarto de hora para el comienzo de mi próxima clase, me dirigí a su despacho.

—Buenos días Natalia, espero no molestarte —dije entreabriendo la puerta.

—¡Ah! Hola Juanjo. —La profesora, que estaba sola en el despacho, se sobresaltó.

—¿Te he asustado, verdad? Lo siento.

—Sí, perdona es que estaba pensando en una cosa que se cuenta del colegio. Siéntate y te lo explico.

Era evidente que la guapa Natalia me iba a explicar una historia de ficción, lo que no me interesaba lo más mínimo. Pero para no parecer descortés me senté frente a ella.

—Hace un rato he tenido que consolar a un niño pequeño. Estaba muerto de miedo y avergonzado. El pobre se había echo pis por no atreverse a entrar en el baño.

—¿Y por qué? —pregunté.

—Por una historia horrible, muy popular en este centro. Se dice que, bueno, en el cubículo cuatro del lavabo de niños del primer piso en ocasiones aparece el espíritu de una niña.

—Ah, es una de esas estúpidas leyendas urbanas —dije en tono distendido.

—Muchísimos alumnos juran y perjuran haber notado la presencia de un ser en ese lavabo. Y algunos aseguran haberla visto. Al parecer, se trata del fantasma de Olga Suárez, una antigua alumna que perdió la vida trágicamente hace muchos años, a finales de los 80.

—Supongo que esa chica, Olga, sí existió. Las leyendas urbanas son eso, auténticos embustes pero con una base real.

—Al parecer a Olga sus compañeros le hacían la vida imposible. Sufría lo que ahora se llama acoso o mobbing. Tartamudeaba un poco y ese pequeño defecto fue el principal motivo de las burlas. Una tarde de viernes, la pobre niña no pudo soportar más la presión y se cortó las ventas con un cútex en el baño. Solo tenía 10 años.

—¡Eso son bobadas! —Espeté mientras me ponía de pie, pues ese tipo de historias me aburrían sobremanera, además de parecerme, como en general todas las narraciones inventadas, una de las maneras más estúpidas de perder el tiempo.

—¿Te has enfadado? —preguntó la profesora.

—No, lo que pasa es que no me gustan ese tipo de cosas, las considero memeces y pérdidas de tiempo. Yo solo me creo lo que puedo ver, lo que la ciencia es capaz de demostrar.

—Aguarda. Aún no te lo he contado todo —la mujer hizo una pausa y tragó saliva como si le costase continuar—. Seguro que el director no te dijo nada antes de que firmases el contrato para trabajar aquí. Muchos alumnos se han dado de baja porque no lo han podido soportar.

—Por esa leyenda urbana, por la historia del fantasmita. Me lo creo porque a esa edad algunos niños y adolescentes son muy impresionables.

—Pero no solo alumnos, muchos profesores han renunciado a sus contratos. Varios me han confesado personalmente que han llegado… a verla.

Con la excusa de que iba a comenzar mi próxima clase, me marché de allí apresuradamente sin comentar nada más. “Me he equivocado. Esa mujer no es para mí. No puedo ligar mi vida a una persona que da crédito a las historias de fantasmas”, pensé mientras atravesaba el pasillo en dirección al aula.

*

Aquella clase fue la peor de mi vida. Estaba nervioso, descentrado, cometí varios errores de auténtico principiante que mis alumnos, de tan solo once y doce años, detectaron. Pero lo peor es que me encontraba así por culpa de lo que Natalia me había contado. Era inaudito. Yo, que presumía de ser absolutamente lógico y racional, descolocado por culpa de una historieta absurda de fantasmas vengativos escondidos tras los lavabos. No podía ser…. pero era.

Y precisamente por eso, para contrarrestar la vergüenza que sentía de mí mismo por haberme pasado una clase pensando más en fantasmas que en los números, me dirigí al lavabo de chicos del primer piso. Lo hice a pesar de que era del todo innecesario, puesto que los profesores contábamos con nuestros propios cuartos de baños, mucho más limpios y cómodos.

Me introduje en el habitáculo tres y, al instante, lo noté…. sentí aquello… intuí su presencia. De repente, mi mundo racional se vino abajo como un castillo de naipes. Yo Juanjo Ribas, el frío y calculador joven prodigio de las matemáticas, con plaza titular en el mejor colegio del país sentía, sin poder definir ni siquiera mínimamente de qué forma y manera concreta, la presencia de un ser del más allá.

Salí temblando del cubículo tres. Sí, muerto de miedo, ya no me importa reconocerlo. Y todavía no había visto nada. Llamé tímidamente, como un chiquillo asustadizo, a la puerta del cubículo cuatro. Un número que para mí ahora es maldito.

—Olga, ¿estás ahí? —pregunté.

A los pocos segundos de formular la pregunta, el tenso silencio dio paso a una potente ráfaga de aire, como si en lugar de en un edificio público me encontrase en medio del bosque. Y, posteriormente, una voz delicada e infantil se hizo oír:

—Sí, estoy aquí.

Cualquier persona en su sano juicio hubiese salido de allí huyendo. Pero yo quería más, necesitaba pruebas fehacientes de que aquello era cierto, que no me lo estaba imaginando, que no se trataba de mera sugestión.

Abrí la puerta y la vi, acurrucada en una esquina. Era Olga, sin duda. La niña que se había suicidado años atrás víctima de las crueles bromas de sus compañeros. Lo supe antes incluso de que alzase los ojos y, con una mirada que me acompañará día tras día hasta el fin de mi existencia, me dijo:

—¿Por qué hacéis eso conmigo? No os hecho nada. Dejadme, por favor. No me habléis, no me miréis si no queréis. Pero, por Dios, no me insultéis más, no me peguéis más.

Luego, Olga me enseñó sus manos. De sus pequeñas muñecas manaba sangre en abundancia.

—¿Tú eres profesor, verdad? Por qué no me ayudasteis los adultos, los maestros, ahora ya es demasiado tarde…

Estaba en estado de shock pero, aun así, tuve las fuerzas suficientes para salir de aquel lavabo y del edificio para no regresar jamás. Como tampoco volví a ejercer la enseñanza. Ni a incorporarme a la sociedad pues, salvo por cortos periodos de tiempo, no he sido capaz de salir de este sanatorio donde me tienen recluido porque dicen que estoy loco, que soy un ser totalmente irracional. ¡Yo, Juanjo Ribas, el as de las ciencias exactas! ¿Paradójico, verdad? Jajajajajaja.

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