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El epitafio maldito

por Jose Luis Moya Aguilar

El pasado verano, después de ocho años, regrese al lugar que me vio nacer. Allí, no solo me reencontré con la familia que deje para experimentar un nuevo mundo, también me reencontré con mí pasado, con aquellas cosas que había usado y leído cuando era más joven, y que me habían cambiado la vida.

De entre todo, había un libro que me llamo muchísimo la atención. Era una pequeña recopilación de cuentos que me habían hecho leer en el colegio cuando tenía unos 14 años. A simple vista puede no tener la más mínima importancia, pero era una compilación de cuentos cuyo título era “Cuentos con final sorprendente”. Recordé que había dos que me habían encantado, pero uno era especialmente interesante, escrito por el francés Guy de Maupassant llamado “¿Fue un sueño?”.

La premisa del cuento era una hermosa historia de amor contada en primera persona por el hombre, que no se cansaba de contarle al lector del cuento la infinidad de cosas que habían hecho que se enamorase de su mujer, transmitía con una gran facilidad su pasión, su amor. La historia provoco en mí, cuando comencé a leerla, un cierto rechazo al comenzar como una apasionada historia de amor, pero debí recordar el título de la recopilación que leía, porque todo iba a cambiar.

El apasionado amante cae en la desesperación cuando su mujer enfermo después de haber salido un día en el que llovió más que nunca. A pesar de los cuidados del bondadoso amante, la mujer murió poco tiempo después a causa de una fuerte pulmonía, dejándole en la más absoluta soledad. Cualquier cosa en aquella enorme casa le recordaba a ella, la veía en todos lados, la sentía reír, caminar. Su desesperación fue tal, que tuvo que ir al cementerio para asegurarse que ella realmente había muerto, ese fue su peor error.
Al ver la lápida de su amada, leyó en su epitafio:

Amó, fue amada, y murió.

Se quedó allí, mirando la lápida, y el tiempo pasó sin que él se diera cuenta. Cuando la noche con su manto comenzó a cubrir el cementerio, él se percató que era hora de irse, pero no lo deseaba, quería pasar una última noche con ella, así que, para evitar ser descubierto y que le sacaran de allí, decidió caminar, vagabundear por el cementerio hasta encontrar un refugio. Finalmente, en la parte más antigua del lugar, encontró el lugar perfecto para ocultarse hasta que la oscuridad fuese perpetua, y allí se mantuvo.

Cuando la oscuridad ya no dejaba ver nada, decidió comenzar a caminar de nuevo, pero no paraba de chocarse con las lapidas, llevándolo a un estado de pánico y miedo que le hacía sentir hasta los latidos de su corazón. Decidió sentarse en una lápida por el miedo que sentía, y ese fue su segundo error.

Justo en ese momento, sintió como la lápida sobre la que estaba sentado se movía, y de ella salió su habitante, un esqueleto desnudo que leyó lo que ponía en su propia lapida:

Aquí yace Jaques Olivant,
que murió a la edad de
cincuenta y un años.
Amó a su familia, fue bueno, honrado,
y murió en gracia de Dios.

Después de hacerlo, agarró una piedra y comenzó a tallar en su propia lapida, cambiando lo que estaba escrito:

Aquí yace Jaques Olivant
que murió a la edad de cincuenta y un años.
Mató a su padre a disgustos, porque
deseaba heredar su fortuna;
torturó a su esposa, atormentó a sus hijos,
engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo,
y murió en pecado mortal.

El nuevo epitafio dejo al amante desconcertado, observo a su alrededor y se dio cuenta que pasaba en todas las tumbas, personas aparentemente ilustres por su epitafio ahora eran ladrones, estafadores, asesinos. Con miedo comenzó a correr en dirección a la tumba de su amada, y allí la encontró, en frente de su lapida, donde antes estaba:

Amó, fue amada, y murió.

Ahora decía:

Habiendo salido un día de lluvia
para engañar a
su amante esposo,
pilló una pulmonía y murió.

Al día siguiente, fue encontrado inconsciente sobre la tumba de su amada, sin llegar a saber si lo de la anterior noche había sido realidad o una fantasía.

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